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Walton M.

Con profundo agradecimiento a Brenda, 

quien me ayudó a encauzar la historia


Bajo el fondo de sus pensamientos alcanzaba a escuchar entre sus memorias “For whom the bell dolls”. Esa canción le recordaba a dos cosas. Por un lado, Rafael tenía fugaces recuerdos de una novela de Hemingway que leyó hace años, en específico, el momento en el que explotaba el maldito puente. La insensatez de las guerras cuando absorben, además de los instintos, los sentimientos de desdicha que empujan a las personas a las andanzas de la muerte en busca de una vida mejor y los convierten en sus propios enemigos. A la vez, el asomo del amor entre tanta brutalidad, que como destino más inmediato es que sea cortado de tajo. 


Sin embargo, en Rafael, era más fuerte el recuerdo de aquellos años en los toquines donde la banda de unos de sus amigos afinaban para ensordecer con algunas canciones a una absorta cantidad de jóvenes. Era un buen rato para rockear, beber y entrarle un rato al slam. Es ahí donde resuena más fuerte el recuerdo en Rafael. La pura vida, moviendo la mata hasta que el cuello se desorbitara de su cuerpo. Diciendo y vociferando cualquier basura, total, mañana la cruda apenas se sentiría. A la vez, se cruzaba nuevamente en él la historia del libro, o al menos lo que recordaba de ella. Mientras se decía a sí mismo: "Jamás estaré en una situación así de revolucionaria, jamás podré escoger mi propio destino y aceptar así mi muerte, cuando esta termine por llegar”. 


Ese pensamiento disruptivo trajo a Rafael de nuevo a su realidad. Frente a él estaban una serie de productos para el hogar y sus manos encima de ellos acomodando uno a uno y a la vez escuchando que su nombre resonaba en el parlante de la cadena comercial en la que trabajaba. Lo requerían en “Atención a clientes”. Lentamente fue regresando a esa grisácea realidad, artificialmente iluminada por las grandes luces que se reflejaban sobre los productos para que brillaran ante los ojos de los despistados que se terminan dejando arrastrar hacia una nueva necesidad en la que no habían pensado aún. Rafael, miró su brazo izquierdo donde tenía tatuada la frase "to spend your life in sin and misery". 


Maldita basura, se dijo a sí mismo, nada de pecado, pura miseria es en la que vivo, ¿cómo es que terminé aquí? Mientras sus pensamientos se entremezclaban, iban y venían entre lamentos, coraje, desesperación y un toque de apatía, se mantenía caminando en la dirección que le había sido indicada a presentarse. Al llegar, Rafael intentó dejar de dispersarse ya que ante él se encontraba su supervisor directo en aquel trabajo que tanto detestaba. Ahí estaba de frente, un señor regordete con un chaleco azul encima de su camisa blanca, del que colgaba un gafete con su foto y nombre,  junto con una corbata negra, un pantalón de vestir negro y unos zapatalos recién lustrados. Fijamente observando a Rafael  — Qué bueno que te dejas ver Rafa —. A Rafael le emperraba que le dijeran de esa forma, qué forma tan asquerosa de ahorrar unas cuantas letras, no se fuera deshidratar el maldito viejo — pensaba encanijádamente —. 


— Necesito que me apoyes a cubrir unas horas extra en el área de cajas — señalaba el jefe de Rafael — sé que eres nuevo, apenas llevas una semana ¿no?, y que aún no has tenido la oportunidad de aprender algo nuevo en este trabajo. Además, si le agarras la onda, puede que hasta te den un aumento. ¿Te animas? 


Rafael, por supuesto que no tenía planes de subir de puesto y mucho menos de cubrir horas extras, él sólo quería ir a cumplir el tiempo de trabajo establecido y chisparse a su casa a leer, escuchar música y salir con sus valedores a vagar, ir al centro de Azcalli y echarse una chelita banquetera.  Fue así que dejó ver una mueca de inconformidad ante su jefe. 


— Rafa, aún eres joven y tienes mucho que aprender, sé que es molesto quedarte más tiempo, pero mira, son dos horas más las que te quedarías, no te las podemos pagar con dinero, pero sí puedes ocupar esas horas extra para otro día salir dos horas antes. Además es importante que te pongas la camisa, aquí todos somos un equipo y te conviene quedar bien con el gerente. 


Rafael tuvo que acceder ya que no quería tener problemas, necesitaba el dinero para no tener otros problemas, pero ahora en su casa. Méndigo viejo, pensaba, en mi contrato no decía que me dedicaría a  ser cajero, pero bueno. Fue así que Rafael se tuvo que dirigir al área de cajas, ahí se encontró con el supervisor encargado de apoyar y también estar como capataz de los cajeros, quien, por cierto,  le agradeció su apoyo. Aunque a Rafael, al indicar no tener conocimiento sobre cómo cobrar, el supervisor le tuvo que señalar de mala manera la caja número 6 donde se encontraba una joven con apariencia amigable y quien sería su maestra.  


— Hola, soy Rafael, soy nuevo, el jefe me envió aquí para cubrir a alguien.

— Hola Rafa, mucho gusto, yo soy Agnes, ¿Ya habías trabajado antes como cajero?

— No, y ni idea de cómo sea, pero bueno aquí me mandaron. —En esta ocasión a Rafael no le disgustó que acortaran su nombre. Si bien Agnes no le pareció atractiva, al menos pensó que era agradable —.

— No te preocupes, es fácil, te enseño, es seguro que en una hora aprendes y en la otra hora te dan tu propia caja. 


Tal como lo comentó Agnes, en una hora Rafael aprendió los pormenores para manejar una caja de cobro. Sin embargo, no fue lo único que aprendió. Al mismo tiempo se dio cuenta que no todo es lo que parece. La mayoría de quienes trabajan se ven obligados a aceptar a regañadientes las horas extra pagadas con tiempo y gran parte de sus compañeros odian a los supervisores de sus áreas. O al menos eso fue lo que Agnes señaló, quien ya llevaba cinco años de experiencia, además le chismoseó de las diferentes ocasiones en las que algunos desdichados intentaron presionar a los diferentes supervisores de la tienda para que aumentaran su salario, todos fueron despedidos por el gerente, aunque Agnes a modo de burla o disparate sopló levemente que ella tenía la clave para hacerlos caer. 


En sí, la lección de Agnes fue bastante nutritiva, ya que al mismo tiempo Rafael se enteró de diferentes chismes de compañeras y compañeros de trabajo, típicas rencillas de pueblo pequeño. Una entre dos compañeros que trabajaban en Farmacia al estar enamorados de la misma cajera, otra de una compañera que trabajaba en piso y la atraparon robando maquillajes y un chisme sobre uno de los cajeros que trabajaba en Panadería, al parecer era amante de la esposa del supervisor de cajas, y muchos chismes más que Rafael no logró retener con lujo de detalle.


Rafael después de la hora de aprendizajes y de haber trabajado otra hora cobrando en su propia caja, salió y se dirigió a su casa. Meditativo, se fue pensando en las condiciones de trabajo en las que se encontraba. Una pésima paga, horas extras sin pagar, ambiente laboral dudoso, compañeros que se odiaban, jefes que detrás de una sonrisa ocultan las intenciones de una arpía con tal de quedar bien con la empresa. Toda una fauna esplendorosa se abría camino ante Rafael, quien acongojado sabía que no sería fácil renunciar a ese trabajo, pero que tampoco deseaba permanecer por mucho tiempo. Algo tendría que hacer para hacer llevadera esa masacre artificialmente iluminada y situada en paredes de anaqueles coloridos.


Al día siguiente, entró en su hora habitual de trabajo. Como vendedor de piso debía estar pendiente de que todos los productos estuvieran bien acomodados en sus anaqueles o ir al almacén y resurtir con tal de que se vieran rebosantes. Durante esta jornada, mientras acomodaba algunos cereales cancerígenos alcanzó a observar la interacción entre Agnes y otro de los cajeros, el que supuestamente se acostaba con la esposa del supervisor de cajas. No era una interacción habitual, parecía que algo tramaban y no en términos sexuales o románticos, era algo más, o al menos eso le figuró a Rafael, ya que alcanzó a escuchar a lo lejos algo sobre dar un golpe.


En todo su día laboral no dejó de pensar en eso ¿A qué tipo de golpe se estarían refiriendo? Al salir se encontró con uno de sus amigos, el más asiduo de todos y que además vivía cerca de su chamba. Se echaron unas chelas y escucharon un poco de música. 


— Esa rola está chingona carnal, escucha ese doble pedal pinche Rafael— mientras ocurría esta interacción, Rafael divagaba y no se daba cuenta que su amigo le indicaba el climax de la canción.

— ¡Qué pedo pinche Rafita!, pon atención carnal, andas en otro pedo y eso que aún no prendemos el toque we.

— Sabes que me caga que me digan Rafita, puñetas. Es que no dejo de pensar we.

— Deja de pensar, ni que estuvieras en la puta escuela.

— Ahora preferiría eso a estar en el pinche trabajo donde ando. El pedo es que pasó algo raro hoy. ¿Tú crees posible que los trabajadores le puedan dar vuelta a la empresa donde chambeo?

— Ahí donde trabajas, imposible. Todos son una bola de pendejos, hasta tú. Ya deja de pensar chingaderas y prende esta madre.


Rafael se chingó las tres, estuvo otro buen rato con su cuate y finalmente regresó a su casa. A pesar de lo que le dijo su valedor, él no dejó de pensar en la posibilidad de que Agnes estuviera tramando algo, sobre todo, después de que le hizo saber que estaba harta de ese trabajo y de su jefe, el supervisor de las cajas. Además, alcanzó a escuchar algo que mencionó, pero no lo recuerda bien. Al siguiente día, Rafael volvió a observar a Agnes, pero en esta ocasión la observó con otro de sus compañeros que también trabaja en piso como él. Se estaban riendo y Rafael alcanzó a identificar que mientras reían veían fijamente a su supervisor, aquel regordete que lo obligó a estar en cajas. Seguro tramaban algo contra él. 


Durante los días siguientes, Rafael, decidido a desentrañar qué sucedía y qué tramaba su compañera Agnes, comenzó a observar con más detenimiento y no sólo a ella, sino a cada uno de sus compañeros o al menos de aquellos quienes habían interactuado con Agnes. A partir de su obsesión transcurrieron varios días. Mientras trabajaba sucedieron ciertas interacciones que le ayudaron a Rafael a ir armando una especie de rompecabezas. Pensaba en una de las interacciones que tuvo con un compañero de Farmacia cuando almorzaban, recordó que le hizo un chiste sobre robar la pinche tienda en la que trabajaban, y a manera de broma, le había comentado mientras le guiñaba el ojo y se reía, que el 20 de diciembre estaría chido no cobrarle a varios de los clientes, sobre todo los que llevaran cosas electrónicas o grandes despensas. En ese momento frente a su compañero Rafael no supo qué decir, alcanzó a soltar una risita y se quedó ensimismado. Ahora que lo meditaba, quizá de eso se tratará el dichoso golpe.


En otra ocasión, le tocó nuevamente estar en la zona de cajas. Mientras cobraba no dejaba de ver a sus compañeros cajeros cuando de manera inesperada, Agnes se acercó a la compañera que se encontraba en la caja número 7, y le daba un papel, mientras la otra lo abría y sonreía. ¿Qué carajos diría aquel papel? Una nueva pista que Rafael necesitaba descifrar. En varias ocasiones continuó viendo a Agnes que se acercaba con compañeros del área de Panadería, Farmacia y de piso a darles un papelito mientras intercambiaban sonrisas sospechosas. Algo sabían, algo harían, de eso estaba seguro Rafael. 


Él no sabía si quería o no ser parte de eso, pero le parecía algo emocionante que se estuviera gestando algún tipo de movimiento reaccionario en su trabajo. Además, esa situación lo distraía de la monotonía de su trabajo. Cada día observaba una nueva interacción de Agnes con sus compañeros y siempre el papelito pasando de una mano a otra. Otro día, a Rafael lo habían llamado para que se presentara a Servicio al Cliente, al parecer, alguien necesitaba realizar una cambio de un producto defectuoso. Fue así que se presentó a esa área que quedaba justo enfrente de las cajas de cobro. Disociando, hacía como que escuchaba a la cliente, pero en realidad observaba las acciones de los cajeros.


— Sí señora, se lo cambio sin problemas — alcanzó a decir Rafael para despistar a la señora y hacerle creer que le importaba lo que le decía. Se fue a los pasillos a buscar el producto que deseaban cambiar, cogió el primero que estaba a su alcance en el anaquel y se regresó. Mientras entregaba el producto, observó que Agnes regresaba del baño para ocuparse en la caja 6, y mientras se acomodaba el chaleco azul para comenzar, un papelito caía de  uno de los bolsillos del chaleco sin que ella lo percatara. Rafael al darse cuenta del papelito decidió ir a recogerlo y entregarlo.


Al encontrarse frente a Agnes, se agacho para recoger el papelito, tomarlo y entregárselo  mientras echaba un vistazo. Su compañera le agradeció la atención y de reojo se le quedó mirando mientras Rafael regresaba a los anaqueles. Rafael estaba sorprendido, segurísimo estaba de haber visto que clarito decía: “el  20 de diciembre  damos ese golpe” y un dibujo que aparentaba un guiño. No cabía duda, tenía razón, algo se estaba gestando en esa tienda y parecía que sería algo grande,un gran golpe. Así mismo pensaba, el 20 de diciembre, ya había escuchado antes esa fecha y prácticamente estamos a un día. Tendré que estar atento y si algo pasa será en el área de cajas. 


 En la noche al regresar de su trabajo, Rafael se mantuvo con el ojo pelón hasta las cuatro de la mañana. En su cabeza sólo daba vueltas la idea de una revuelta.  Hasta que recordó la interacción con el compañero de Farmacia, es verdad, él le dijo algo sobre un robo, seguro eso pasará, pero cómo le harán. Claro, pensó Rafael, justo me mencionó el compañero la táctica de no cobrar ciertos productos. Seguro que si lo hacen de manera sincronizada todos los cajeros, terminaría siendo una buena perdida para esa tienda del carajo y sobre todo mañana que es un día de ofertas. Finalmente, Rafael pudo dormir.


Con sólo tres horas de sueño, por delante había un día más de trabajo. Sin embargo, no sería un día cualquiera. Había llegado el día. Rafael sabía lo que pasaría y al parecer sólo pocos lo notaban, solo aquellos que estaban dentro del complot elaborado por Astrid. Entusiasmado se presentó a su trabajo. Comenzó con su rutina acomodando los productos que le habían sido asignados para ese día. No dejaba de pensar en lo que pasaría. La tienda se iría a bancarrota.  En cuanto pudo, se escapó para ir a echar un vistazo a la zona de cajas. 


Se llevó una gran sorpresa cuando vio que todos los cajeros en turno pasaban los productos con una gran destreza y además en su caras se veía una extrema felicidad, observó que además recibían el dinero y las tarjetas de crédito sin parpadear. Fue una gran desilusión. Obvio jamás iba a pasar una revuelta como la que estuvo imaginando todo el tiempo mientras se disociaba en su horario laboral. — Eso jamás va a pasar — alcanzó a decir sin que nadie lo escuchara. Rafael quedó confundido y mejor se regresó a trabajar, desanimado pensó en sólo terminar ese día y renunciar, ahí no había futuro para él. Rafael nunca se enteró, pero al día siguiente Agnes, su ahora ex compañera, salió en las noticias junto con el compañero de Farmacia y Panadería, habían sido arrestados. Al parecer, traficaban algún tipo de droga entre los trabajadores de la tienda y justo el 20 de diciembre sería el día con mayor venta. Todo se salió de control cuando uno de los cajeros tuvo una sobredosis y mientras trabajaba dejó este mundo de un paro fulminante al corazón. 


Por Raúl Loporte




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