Tres segundos
Siempre ha sido parte de mi, pero no sé que tanto yo lo he sido. Desde niño comencé a jugar basquetbol. Recuerdo el equipo dirigido por mi padre “Los halcones de Claveles”. Cada fin de semana en el deportivo de La Reina, los sábados, y después los domingos, estuvieron reservados para pisar la cancha, mirar el tablero, el aro con su red y escuchar el balón rozando cada hilo de nylon.
Con los años aprendí que no sólo se trataba de botar el balón sin gracia, pasarlo con brusquedad o tirar al aro sin aguardar el momento correcto. Hay un panorama que poco a poco fui decodificando e incorporando dentro de mi ser. Posicionarme en la cancha, reconocer a mi equipo y avanzar en conjunto, elaborar una jugada que devele un espacio libre para encestar. Sentir que todo eso se vuelve parte de una emoción compartida, eres uno con otros. Es un juego, también una competencia que se gana o pierde, pero al final, siempre hay algo para reflexionar, aprender y mejorar. Durante casi diez años, así fue cada fin de semana, donde éramos equipo, y también amistad.
Ahora, soy un adulto que se encuentra casi a la mitad de su vida. Todo ha cambiado. Hubo un periodo en el que me alejé del balón, entre mis años de adolescencia y juventud se interpuso la curiosidad por encontrar mi camino a través de senderos llenos de vicios, de amores incomprensibles y de confusiones existenciales. Navegando entre desilusiones y trayectos escabrosos, la vida me regresó a la cancha. Necesitaba de un espacio seguro, pero una seguridad en términos de resguardar la poca libertad que la vida adulta te arrebata con el tiempo.
Suena el despertador a las seis o siete de la mañana, te despiertas con la vista aún nublada y vagando entre los sueños y la materialidad insípida que se cuela por los poros de tu piel y los orificios nasales en forma de olores indistintos, entre caño, humedad, y el vaho matutino. Te metes en chinga a la regadera, un baño rápido que se te hizo tarde por apagar la alarma y recostarte por otros diez minutos. Sales de la regadera, te vistes con la ropa de oficina, y desayunas algo insípido, pues no te dio tiempo para entrar en el papel de chef.
De prisa agarras tu maletín, los papeles que ocuparás para el trabajo y dejas atrás tu casa para enfrentar el camino hacia tu trabajo por el que surcas entre un camión atascado de pasajeros, unos treinta a cuarenta minutos en el metro y otro tanto de tiempo en el metrobus. Llegas a la oficina, te instalas en el cubículo donde día con día y semana tras semana te sientas, prendes la computadora y comienzas a digitar números, documentos, hacer llamadas, estar en juntas inútiles y apresurarte a encontrar de comer algo que sea medianamente satisfactorio en la hora que te dan para consumar ese acto.
Ocho horas ahí, sentado, con esa rutina, a veces te detienes para saludar a uno que otro compañero del trabajo o a ver a Sandra, la mujer que ilumina por instantes tu mirada, aunque sabes que no tienes el tiempo o la voluntad de acercarte y hablar con ella. En fin, regresas a tu casa, te quitas el uniforme sometido a los olores de la ciudad, tomas tu ducha nocturna, te preparas un té y prendes tu televisión para mirar por enésima vez la serie que te hace reír, relajarte y que te sirve de preámbulo para dormir.
Así ha sido mi vida, sometida a la dominación del tiempo y del trabajo por al menos la mitad de las horas de vigilia que he tenido hasta el momento. Aunque, las cosas han cambiado un poco después de que mi horario de trabajo sufriera algunos retoques. Martes y jueves comenzaron a ser días distintos. El jefe decidió que era buen momento para que comenzara a rotar de turno, no sólo entrar en la mañana, también por la tarde y conocer a las ratas nocturnas.
Quizá lo hizo para darme una lección o simplemente para reforzar su autoridad, aunque ni esa persona, ni yo imaginamos que tal decisión llevaría a encontrarme con los caminos de la libertad; porque sí, este sistema de vida en donde todo lo que hago gira en torno al trabajo ha sido una nueva forma de esclavitud, como diría Cicerón “quien entrega su trabajo a cambio de dinero se vende a si mismo y se sitúa entre las filas de los esclavos”.
Además, si algo he aprendido desde que cambió mi horario de trabajo es a cuestionar mis condiciones de existencia. Mis padres siempre buscaron que entrara a la universidad y tuviera un buen trabajo. Logré ingresar a la universidad, formarme, adquirir algunos conocimientos y un supuesto pensamiento crítico, que al salir sólo me di cuenta que era insuficiente, nadie quiere a un quejoso.
Con el tiempo, uno aprende a someterse, en principio la familia transmite esa disposición a obedecer en el trabajo, te das cuenta que sin trabajo no hay comida, no hay lujitos de mierda. Y la vida por sí misma, o al menos la forma en cómo se ha constituido, te enseña a que la carencia perpetua es necesaria para que te esfuerces por un salario misérrimo y te alimentes con el veneno que te venden en los supermercados o termines muerto en el carro por el que te endeudaste cinco años, porque algún imbécil ebrio decidió pasarse un alto y chocar contigo mientras con ingenuidad aceleraste tenuemente al ver la señal verde. Bien dicen que los trabajadores nos convertimos en malos ciudadanos y malos amigos, no hay tiempo para preocuparse por el otro.
En fin, los martes y jueves fueron los días que —entre todo el dominio que respiraba sobre mis poros para naturalizarse— resguardaron pequeños grandes momentos construidos colectivamente entre risas y juego.
—¿Qué pasa güero, ya vienes a tus clases de tiro?
— ¡Qué pasó Fer! Ahorita veremos si es cierto.
— Ya se va a poner a llorar el panzón —gritaba el Krilin al fondo— Pinche viejo, parece que traes un pañal, mejor ponte a tirar Fer.
— Cámara pinche güero, ya vi que andas de manchado eh, me andas golpeando, luego no estés de puto.
— Ya tranquiliza a tu abuelo— comentaba el Family a lo lejos, mientras observaba el partido.
El espacio que se fue configurando en esos dos días de sosiego, primero abrió una herida que pensé había cicatrizado. El último juego de mi adolescencia, antes de elegir el camino lujurioso, sobre nosotros estaba un empate, teníamos el balón, quedaban pocos segundos y debíamos encestar, por la emoción corrí hacia la pintura esperando recibir el balón, sin embargo no me percaté de los tres segundos, sonó el silbato para marcar la amonestación, esos malditos tres segundos que simbolizan el estancamiento en una posición en apariencia ventajosa, pero que al envolverte se vuelve contra ti. Recuerdos de Vietnam.
Ese dolor poco a poco se fue desvaneciendo para aclarar mi visión y darme cuenta que después de tantos años nuevamente estaba siendo parte de algo. No se trataba de un grupo homogéneo, cada uno tenía su propia batalla personal. Algunos eran estudiantes, otros trabajaban, algunos como Fer, eran jubilados, aunque otros como Lora, a pesar de la edad un poco avanzada seguían trabajando. Al final, estábamos ahí para jugar y para confirmar que nuestra identidad trasciende los muros de los trabajos a los que cada uno pertenece, porque ahí somos basquetbolistas y somos compas.
Por ahí alcancé a leer, o quizá lo escuché en algún podcast: “el animal trabaja cuando carece de algo”. Sistemáticamente nos hemos vuelto carentes de algo, tanto material como inmaterial, condenados a que siempre haya un vacío, una falta de algo, que solemos llenar comprando y para comprar, no nos queda más que el trabajo. Un espacio envolvente, que delimita nuestra existencia, sea el trabajo que sea, en el aprenderás a comportarte de una u otra forma, a decir y hablar de cosas específicas y a dejar parte de tu vida en ese lugar, que llega a traspasar los límites de tu vida en soledad.
Hoy es jueves, anoche llovió un poco, es probable que la cancha esté un poco encharcada. Agarro mi bici y me encamino al parque para echar la reta. Antes de llegar, veo a lo lejos que ya está el Fer con su jalador haciendo que el agua se disipe poco a poco, ahí también Don Botas platicaba con Fer mientras yo me acerco.
— ¿Qué Fer, ya quedó? Ahí le falta un poco.
— ¡Cámara güero!, echanos la mano, ayúdanos a barrer el agua pa´ que te demos chance de jugar, además acuérdate que así empezamos todos, así empezó el Jordan.
— Va, va, ahorita te hago el paro, para que no tires la muñeca; voy a dejar la bici.
El Chapa va llegando en una bicicleta de ruta, pero para niños, todos los que estamos presentes volteamos a verlo y a tirar carcajadas. Terminado de barrer, aunque la cancha seguía un poco húmeda el riesgo para jugar ya era menor, los charcos pueden ser muy peligrosos. Una vez jugando fútbol, al ir corriendo y pisar el charco me resbalé de tal forma que mi cabeza rebotó directo contra el suelo, quedé inconsciente por algunos segundos, al recobrar el sentido por un instante todo estaba en blanco y negro. Se armaron las tercias.
— A mi déjame al Lalito wey, déjalo— en tono retador lo decía Fer—.
— Hazlo mierda Lalo— gritaba Barba negra.
— No manches Chaparro — señalaba Fer sobre Lalo—, lo traes a pan y verga.
— Ya se acabó el pan.
Yo miraba de fuera la reta, estaba emocionante. Los que estábamos sentados esperando nuestro turno para jugar comenzamos a platicar sobre trivialidades. Hasta que Gus sacó el tema de un compa que compró un carro para ponerlo a chambear, una deuda que tendrá por al menos cinco años y que sólo podrá solventarlos si se pone a darle por las aplicaciones. Más que por gusto, por necesidad, una necesidad que lo alejará por un tiempo de la cancha. Eso me puso a pensar, la posibilidad de un sistema de diversión permanente, y que las cosas más que un trabajo fueran como un juego, sólo cosas que hacer y la gente quiera hacerlas por la motivación de divertirse por un momento. Esa idea podría equipararse con los modelos de trabajo híbridos de las grandes empresas, sin embargo esos sólo son espacios que embellecen la esclavitud, pues al final se alimentan de la necesidad. Lo ideal sería que lo hicieras porque lo disfrutas. Quizá es una locura lo que pensé.
Un martes, hace exactamente un mes, era un día de juego normal, primero empezando a calentar, después armando las tercias y luego a darle. Me tocó jugar contra la tercia de Fer, el juego iba emparejado, pero con dos jugadas la tercia en la que estaba les comenzamos a dar la vuelta. En eso, el juego se puso tenso, empezaron las mañas, los golpes a escondidas, los abucheos. Al final logramos sacar a Fer, sin embargo en la reta siguiente nos sacaron. De ahí me fui a descansar y tomar un poco de agua. A mi lado estaban Fer y Don Bruno.
— ¿No te has dado cuenta verdad güero?
— ¿De qué hablas Fer?
— El juego y la libertad van de la mano. Es momento de que lo sepas. Aquí no sólo venimos a jugar cabrón. Venimos a recuperar la energía que nos quitan cada instante que estamos metidos en los putos trabajos.
Ese martes seguimos jugando, usualmente iba por hora y media y después me regresaba para comenzar con mis deberes. Esa ocasión me quedé un poco más porque tenía una racha ganadora, pero al final regresé. Durante el día, no dejé de cuestionar a lo que se refería Fer y preguntarme por qué juego basquet si jamás me volveré un profesional, ni nada por el estilo. Lo juego, porque es un momento para sacar toda la acumulación de brumosidad oscura que se agrupa en mi interior conforme las demandas por entregar mis pendientes se acumulan. Ese momento no es sólo mío, lo viven millones de personas, sin embargo, no todas rompen esa dinámica.
Tiene más sentido lo que pensé, rondan por las calles muchas personas que abandonan algo que disfrutan para someterse, para solventar sus necesidades, pero ¿Por qué no sacar partido de lo que disfrutamos, de las diferentes actividades que realizamos y que nos gusta hacer y sólo el tiempo en el que queramos hacerlo?.
Pasaron unas semanas, y yo seguí jugando como normalmente lo hacía, Fer, ya no había mencionado nada más al respecto. Hasta que un jueves, después de perder un partido, me fui a sentar para apreciar la reta en curso. Todo normal, hasta que Fer se acercó y de golpe me dijo:
– Mira cabrón, tienes tres segundos para decidir. ¿Le entras o te mantienes sólo como puto esclavo?
La decisión que tomé me hizo dar cuenta que no sólo se trató de un juego.
Por Raúl Loporte





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