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Brauner

— No mames carnal, necesito varo.

— ¿Para qué wey, para comprar unas pinkys?— Le preguntó El Trucos a Simón.

— Ya no le hago a esa madre.

— Entonces aguanta bara. Ya caerá alguien. Ya verás, ahorita toda la banda quiere andar en este pedo.

— Ya sé we. No me late, porque mi abuela sí le sabía, nosotros nomás le andamos jugando al verga.

— No empieces con tus joterias. Mira, ahorita ya es tarde, pero mañana algo habrá.


Mientras Simón y El Trucos esperaban, sin triunfo alguno, a su próxima víctima, a unas cuantas cuadras daba comienzo una fiesta de psy trance y techno en la calle de Gran Sebastián en Azcalli. Ahí se hallaban un par de amigos. Durante el baile charlaban entre el barullo de los 135 bpms. Ambos con los ojos amplios, discutían fervientemente. Su iris ancho reflejaba las luces de la fiesta. El dj asociaba el ritmo de los bajos con los latidos del corazón.


— La imaginación precede a todo atisbo de racionalidad — decía al aire Bruno, uno de los chicos. Tenía una afición por la pintura, aunque era más adepto a sumergirse eternamente en sus pensamientos en vez de marcar alguna gota en los lienzos. En su ensimismamiento, repitió nuevamente la oración. Y en la tercera ocasión que la dijo, fijó su mirada en su compa, mientras el otro devolvía la misma fijación. 

— ¿Todo bien carnal? — ¿Me escuchaste?— perplejo, Brauner le contestaba — No dijiste nada wey, ya estás bien volado. Traes la gafota. En ese instante la única respuesta honesta de Bruno fue una gran carcajada mezclada con unos pasos de baile que se ajustaban a los bits de la música. La fiesta se mantuvo con el mismo ritmo durante toda la noche y la pareja de amigos se acompañaron en todo momento. Por todos lados se veían personas ondulantes que reían, bailaban, se regodeaban, entraban al baño y salían retorciendo la nariz u otros que veían hacía el vacío mientras le hacían muecas de estupor. 


La noche fue extensa y llena de ondulantes ritmos. Bruno, amaneció en su cama sin recordar el momento en el que decidió retornar y mucho menos cuando recostó el fuego de su cabeza en la superficie de sus sábanas. Simplemente abrió los ojos y pensó en Brauner, ¿qué estará haciendo ese maldito?, ¿cuándo nos fuimos de la fiesta?, ¿llegó a su casa?; qué fiestota. Se levantó, se acicaló y de inmediato salió del cuarto que rentaba. 


En el camino hacia la búsqueda de su gran amigo, Bruno cavilaba sobre algunas ideas que se mezclaron la noche anterior, el eco de las mismas traspasaron silenciosamente sus labios al punto de comenzar un monólogo incipiente y vago. La imaginación y un ojo. Sin percatarse chocó con otra persona que andaba en dirección contraria. Pidió una disculpa y continuó su camino. Era el Trucos.

El Trucos se sacudió un poco después de ese roce y pensó que ese chico tenía problemas, se le veía preocupado.  Un silbido se escuchó. — ¡Simooón!, ¡Saal perro!


— ¿Roberto? — se asomó Simón desde su ventana y con el cabello embrollado—. ¡Qué chingados quieres, apenas son las siete de la mañana! ¿Por qué traes un gallo?

— No me digas Roberto, soy el Trucos y dale, hay que chambear, se me ocurrieron unas ideas de aquellas. Seguro hoy le sacamos una lana a alguien. Ábreme la puerta y te cuento. El Trucos estaba entusiasmado, además del gallo, había conseguido algunos inciensos de copal y unas imágenes con tintes chamánicos. Sabía que lo que debía hacer era convencer a Simón para interpretar un papel al estilo del exorcista, una posesión demoníaca o algo acá, intenso. 


— No haré esas pendejadas Roberto. 

— Ya te dije que no me llames así cabrón.

— Wey, eso no lo haré. Es faltarle el respeto a los espíritus. Y capaz y mi abuela viene y me jala las patas por jugar con eso. Acuérdate que no es un juego. Recuerda cómo ella entraba en trance, se convertía en otra persona. Se ponía a fumar, cuando era algo que detestaba en su estado normal. Hacía a un lado el bastón con el que se apoyaba para caminar y casi hasta se ponía a correr. Y su voz, parecía la de un cabrón. Recuerdo que cuando volteaba hacia mí, mientras amachinaba del cuello a los gallos, era como si en su mirada yo no existiera. Eso no es normal. Nel, pinche Roberto, si quieres hacerlo, tú tendrás que rifarte la del poseído. 


— Qué puto eres, pero va, yo me rifo. Tú vas a tener que conseguir a la clientela. 

— Hijo de la chingada, pero prefiero eso. De todos modos nos iremos a michas. Nada de chingaderas. 

¿Dónde estará Brauner? Ya lo fui a buscar al lugar donde fue la fiesta. No hay ni pista de él y no responde los whats. Espero que se encuentre bien. Además no debe estar lejos, vive cerca de aquí. Quizá esté en algún lugar en el centro. Seguiré caminando, tengo algunas dudas sobre lo que sucedió. Bruno continuó su búsqueda. Tenía inquietudes que responder, principalmente en qué momento se retiró de la fiesta. Buscó por el mercado de Azcalli, el edificio municipal, y finalmente lo encontró en una banca del parque “30 de julio”, ahí donde solía juntarse el “escuadrón de la muerte”, los viejitos empecinados a morir entre lagunas de alcohol. 


— Despierta. Brauner. ¿Estás bien?


El chico se encontraba tendido sobre la banca, totalmente diezmado por la fiesta de anoche. Lánguido hasta los más profundo de su ser, al punto de no sentir que Bruno lo agitaba bruscamente. A unos segundos de gritar por auxilio, imaginando el peor desenlace, fue que Brauner dio señales de vida entreabriendo los párpados de plomo y sólo alcanzó a pronunciar —los sueños son una extensión de la realidad—. Posteriormente, su cuerpo se fue desvaneciendo poco a poco sobre las manos de Bruno. Este último alterado, no comprendía lo que estaba sucediendo. ¿Acaso Brauner nunca existió y siempre fue un producto de sus alucinaciones incentivadas por las drogas? Comenzó a dudar sobre su propia existencia. 

Mientras Bruno se revolcaba internamente por lo que acababa de presenciar; Simón, por su parte, salió a buscar a las víctimas del Trucos. A lo lejos vio a un chico altamente perturbado, llamó su atención el nivel de desorientación observado en sus gestos. Su cara transparente reflejaba la intención de soltar un grito desgarrador, pero quedando ahogado en sus adentros. Mientras sus manos temblorosas, suben, bajan, señalan hacia una banca. No tiene sentido alguno y mucho menos porque no aparenta ser alguien en condición de calle. Seguramente, anda bien maltripeado. Decidió no darle más importancia y continuar con su búsqueda.


¿Qué características debe tener una persona que se deje estafar? — se preguntaba Simón —. No puede ser cualquiera. Quizá alguien — se quedó pensando por unos minutos —. Alguien que sea fácil de engañar, por falta de — nuevamente se quedaba pensando —. Ese muchacho. Fue como si a Simón se le encendiera una chispa en sus neuronas, era un regalo del destino y lo dejé escapar. Fue así que en un santiamén emprendió el camino de regreso al parque donde lo había visto. Al llegar se percató de que ya no estaba ahí. No puede ir muy lejos, el wey estaba malviajadísimo.


Bruno, después de la escena que trituró todo razonamiento de su parte, emprendió una caminata. Sólo una imagen giraba en su cabeza, Brauner desapareciendo entre sus manos. Y lo último que pronunció, le recordaba a la noche de la fiesta.  Sueños, imaginación, realidad, racionalidad. Sí, él bailaba. Sí. Pero, estaba solo, siempre estuvo solo.  Había un ojo aquella noche. Bruno alcanzó un punto en el que no alcanzaba a distinguir entre lo que había imaginado en su viaje de drogas y lo que en realidad había ocurrido. Intentaba explicarse a sí mismo la presencia de aquel ojo, fuera de su órbita, autónomo, que observaba cada centímetro de la fiesta hasta que se fijó en su presencia. Una mirada que pesaba toneladas. Hasta que se largó de ahí. Bruno no asimilaba que todo lo que pensaba era parte de un monólogo callejero.


¡Ey morro!, ¿Estás bien? — comentó el Trucos—. Disculpa que me entrometa, pero la neta eso que estás diciendo no es normal. Ese ojo del que hablas, es un ojo que debe salir de ti. Es una maldición. ¿Tienes dinero? Si es así, yo te puedo ayudar. Bruno, totalmente desorientado y con ideas dispersas, alcanzó a meter su manos en el bolsillo y sacar dos billetes de quinientos. 

— Con eso es suficiente, ven de este lado carnal —. Una vez en el espacio que el Trucos había acondicionado para la simulación del ritual, sentó a Bruno en una silla, que había encontrado en el cuarto de Simón, y lo miró de frente. Con un aura de misticidad, asintió y confiado asintió —  Es claro lo que tienes mi buen. Alguien te hizo mal de ojo—. Ojo. Fue lo único que alcanzó a escuchar Bruno. Y en ese instante la perturbación fue evidente.


— No. Yo no quiero ese ojo sobre mi. ¡Quítamelo!

— Bien. El destino te trajo al lugar correcto. Ahora comenzaremos, estás, pero para que la maldición se aleje de ti, la cooperación es necesaria, así que ya sabes, carnal, flojito, va.  El Trucos primero prendió un incienso de copal y después se alejó por un momento y reapareció agarrando con fuerza al gallo. Sacó un cuchillo que tenía en la bolsa de su pantalón y mientras pronunciaba unos balbuceos para simular una posesión, hizo un corte al pescuezo para que comenzara a chorrear sangre en una copa que tenía frente a él. 


— Ahora es tu turno. Tienes que tomar la sangre que se acaba de derramar —. Justo en el momento que Bruno comenzaba a inclinar la copa con la sangre del gallo, Simón entraba al cuarto de los rituales. La escena le sorprendió y al reconocer al chico que había visto en la calle, sólo hizo una cara de sorprendido al tiempo que observaba al Trucos. 

— Llegó mi aprendiz —alcanzó a resolver con avidez para que Simón se incorporara a la escena—. Bien, ahora hemos cumplido con la comanda, es seguro que en unos dos días se presenten las diferencias.

— No puedo esperar tanto, ya no quiero más ese ojo sobre mi. Bruno totalmente conmocionado observó que el Trucos había descuidado el cuchillo con el que desgarró al gallo. No dudó ni un instante y se abalanzó sobre el objeto. Es momento de concluir la mierda que empezó por desgarrarme. El maldito ojo se debe ir —exclamó Bruno con furia—. 

— ¡No lo hagas cabrón! ¡Qué estás pendejo! ¡Noo! — exclamó con desasosiego Simón. 


Tanto Simón como el Trucos se echaron encima de Bruno intentando quitarle el cuchillo, pero irradiaba una fuerza descomunal, era como si una energía lo absorbiera y a la vez disipara todo intento externo de apagarla. Agarró el cuchillo del mango y sin pensarlo lo dirigió con fuerza contra su ojo derecho. Sin gritos y con una calma absoluta se giró hacia los dos estafadores y les dijo: Era lo que tenía que pasar, ya se había predicho. Bruno salió del edificio donde se encontraba el hogar de Simón, chorreando de sangre, pero con una tranquilidad solemne.


— ¿Tienes el dinero?— preguntó Simón.

— ¡A huevo mi chingón!, pero ¿Dónde estuviste todo este tiempo? Esta vez no nos vamos de a michas, yo hice toda la chamba.


Por Raúl Loporte



 
 
 

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